LA VENDEJA

  LA VENDEJA

 

moscatel

La calle de la Vendeja, en las proximidades del Puerto de Málaga, albergaba a mediados del siglo XIX la mayoría de los almacenes, donde se preparaban para la exportación las pasas moscateles, los higos panetes, los vinos moscatel Pedro Ximen, las almendras, la naranja amarga para las confituras inglesas y tantas otras delicias tan apreciadas en todo el mundo como los mejores postres de Navidad.

Esta actividad era febril en el mes de Octubre, tanto más cuanto más próxima era la llegada de los navíos que habían de transportar la mercancía.Los frutos procedían principalmente de la Axarquía, donde el generoso  sol del otoño había evaporado su humedad y les había dado el punto de dulzor que tanto estimaban los paladares extranjeros, llevando el nombre de Málaga  a todos los rincones del mundo: “Malaga Traubenrosinen”, “Raisins Secs Muscatel Malaga”, “Malaga Muscatel Raisins” , eran algunas de las tarjetas de presentación de nuestras afamadas uvas moscateles.

La faena ocupaba a cientos de mujeres, que se afanaban en jornadas interminables en aquellos almacenes, para culminar el trabajo de selección y confección de los típicos paquetes triangulares de hasta 5 coronas (las de mejor calidad), pues los barcos no podían esperar.

Uno de aquellos almacenes, el de “The Malaga Fruit & Wines Co.Ltd.” era conocido por la escasa moral de sus propietarios, que se jactaban de someter a sus empleadas a toda clase de vejaciones.

El patriarca de la familia propietaria, Don Bernardo, oriundo de Escocia, Cónsul en Málaga de su graciosa Majestad británica, decía en su chapurreado español con acento mitad anglosajón, mitad malagueño, “yo, donde pongo el ojo pongo la bala”.

La bala se dirigía en esta ocasión a María Victoria, una perchelera agraciada y menudita, que con su jornal que guardaba hasta el último céntimo, preparaba el ajuar para su próxima boda con Sebastián, un pescador vecino suyo.

Don Bernardo solía obsequiar a sus víctimas con ropa interior, que adquiría indefectiblemente en “La Ciudad de Málaga”, un conocido comercio de Puerta del Mar. 

Aquel día Don Bernardo había bebido demasiado whisky  y tenía la lengua un poco suelta. Alguien le oyó en el comercio fanfarronear de sus conquistas mencionando el nombre de María Victoria.                                               

También alguien avisó a Sebastián.

Al día siguiente el almacén estaba cerrado y una pareja de la Guardia Civil lo custodiaba.

Dentro  yacían en un charco de sangre los cuerpos de María Victoria y Don Bernardo.

De Sebastián nunca más se supo, aunque los pescadores que faenaban en el Mar de Alborán y a veces tocaban en puertos del Mediterráneo marroquíes o argelinos, aseguraban haberlo visto, con atuendo árabe, en el puerto pesquero de Orán.

Los jueces archivaron el caso.

LA ZUBIA, DICIEMBRE 2007

 

                                                                           

 

No sé si el parentesco cercano invalida una crítica literaria pero me han encantado los cuentos, en especial las ambientaciones. Enhorabuena!!

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