COCINERA PARA TODO

Nunca había visto un despliegue igual, pero aquello era normal para Elpidia, la cocinera, siempre que hubiera que preparar la cena de Nochebuena, el salmorejo, las migas, el bacalao encebollado, los huevos emperejilados, las papas a lo pobre, los andrajos, las gachas, los hornazos del Viernes Santo o los pestiños (ella los llamaba borrachuelos) y los bizcochos que tanto gustaban a los yernos de los señores (a la familia política había que ganársela por el estómago).

Todas sus recetas de cocina eran sensacionales exportaciones de su nunca olvidado pueblo de Jaén. La encimera se quedaba chica con tantos cacharros por medio, el lavavajillas era muy lento para poner la mesa a su hora y en su sitio, a las 2 de la tarde en punto y en el salón principal.

La logística estaba fallando. Elpidia veía normal preparar 3 comidas completas y sus correspondientes postres, además de tener un bizcocho en el horno (que se estaba abriendo como el cráter de un volcán). La mayonesa se había cortado y el pescado no acababa de descongelarse. El frigorífico no había enfriado todavía las bebidas. Elpidia estaba al borde del ataque de nervios.

Yo era entonces un humilde ratón que decidí echarle una mano a la pobre mujer. Salí sigiloso de mi escondite (detrás del cubo de la basura) y miré alrededor. Nadie me veía. Toda la familia charlaba en otro lugar, los niños estaban enredando por las escaleras  arriba y abajo (niños nos os lo digo más, os vais a caer, poneos a ver la tele, los dibujos animados, claro). Elpidia bastante tenía con pilotar su nave, que amenazaba con el naufragio. Era el momento. Rasqué con mis uñas la tapa del cubo de la basura y salté olímpicamente hasta la fuente de la ensalada.

El grito de horror de Elpidia se oyó en toda la casa. A continuación se desmayó. Acudieron todos en tropel pero tuve tiempo de esconderme. ¿Qué ha pasado? Llamad a un médico, rápido!!   Pero no había ocurrido nada. Elpidia se despertó dos horas después y nadie creyó su relato. Mientras, cada cual había resuelto su problema. Patatas fritas y huevos, bocatas de atún, pistachos, cacahuetes, aceitunas, qué más daba.., pero nadie fue capaz de continuar la liturgia interrumpida.

Fue la primera vez en muchos años de fiel servicio de Elpidia en que reconocieron (sin que ella lo oyera, naturalmente) que era una pieza insustituible en  el engranaje de aquella ilustre familia. 

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